Diario de un superviviente 3: Una voz en la oscuridad

Marcos Vidal responde con tres destellos desde lo alto del castillo de Santa Bárbara

Entrada 3: Una voz en la oscuridad

1 de agosto, 2023.

Me llamo Marcos Vidal.

No sé por qué no lo había escrito antes. Quizás porque durante estos días mi nombre no servía para nada. No había nadie para pronunciarlo, nadie que me preguntara quién era. Para los zombis solo soy carne que todavía camina y para la ciudad soy una sombra más moviéndose entre edificios vacíos.

Pero si alguien encuentra algún día estas páginas, quiero que sepa que estuve aquí. Que desde lo alto del castillo de Santa Bárbara hubo una persona mirando Alicante y tratando de no rendirse.

Esta mañana me despertó un golpe seco.

Me levanté sobresaltado, agarré la linterna y permanecí en silencio. El golpe volvió a escucharse. Venía de la puerta principal. Durante unos segundos pensé que alguien estaba intentando entrar, pero al asomarme por el pequeño ventanuco comprobé que era el camión de reparto. Se había desplazado unos centímetros por la pendiente y una de sus puertas golpeaba contra la piedra empujada por el viento.

No había zombis cerca.

Salí con cuidado y aseguré la puerta con un trozo de cable. Después coloqué unas piedras detrás de las ruedas. El camión servía para bloquear el camino, pero también podía serme útil de otra forma. La batería todavía conservaba algo de carga.

Durante la inspección del día anterior había visto una pequeña habitación de mantenimiento cerca de la sala del Gobernador. Regresé allí y la registré con más atención. Había herramientas, cajas con bombillas, varios rollos de cable y un transmisor portátil cubierto de polvo. Era uno de esos aparatos que utilizan los vigilantes y el personal de mantenimiento para comunicarse.

Trabajé muchos años en el puerto. No soy ingeniero, ni mucho menos, pero como operario de mantenimiento tuve que aprender a reparar cosas que parecían imposibles de reparar. En el puerto, si una máquina se detenía, siempre había alguien gritando para que volviera a funcionar.

Aquí ya no gritaba nadie.

Marcos Vidal encuentra un transmisor en el castillo de Santa Bárbara
Marcos encontró el transmisor en una pequeña sala de mantenimiento.

Llevé el transmisor hasta una de las habitaciones próximas a la entrada y conecté unos cables a la batería del camión. No era una instalación bonita. De hecho, cualquier electricista se habría llevado las manos a la cabeza. Pero cuando giré el interruptor se encendió una pequeña luz verde.

Sentí una alegría absurda.

Durante casi una hora solo encontré estática. Movía lentamente el selector y escuchaba aquel ruido desagradable, esperando una voz, una palabra o incluso una respiración. Nada.

—Si alguien puede oírme, estoy en el castillo de Santa Bárbara —dije finalmente—. Me llamo Marcos. Estoy vivo.

Esperé.

La estática continuó.

Repetí el mensaje varias veces. Empezaba a sentirme ridículo hablando solo delante de una caja cuando escuché algo.

Primero fue un chasquido. Después una voz muy débil.

—…no digas dónde…

Me quedé inmóvil.

—¿Hola? ¿Puedes oírme?

—Te oigo. No vuelvas a decir dónde estás.

Era una mujer. Parecía cansada, pero hablaba con firmeza.

—Ya lo he dicho cuatro o cinco veces.

—Pues esperemos que nadie más estuviera escuchando.

Miré hacia la puerta como si alguien pudiera aparecer de repente al otro lado. Hasta ese momento solo había pensado en los zombis. Los muertos eran peligrosos, pero también predecibles. Caminaban hacia el ruido. Intentaban atraparte. No fingían ser otra cosa.

—Me llamo Marcos —repetí.

Hubo unos segundos de silencio.

—Elena. Elena Torres.

Marcos Vidal establece contacto por radio desde el castillo
Una voz surgió por fin entre la estática.

El nombre me devolvió algo que creía perdido. Una conversación normal. Dos desconocidos presentándose, aunque la ciudad estuviera muerta a nuestro alrededor.

Elena me contó que no estaba sola. Se encontraba con otras dos personas en la parte superior del Mercado Central. Habían bajado las persianas y bloqueado los accesos interiores. Con ella estaban Samuel, un electricista de cincuenta y siete años, y Leo, un chico de dieciséis.

Elena Torres, Samuel Ortega y Leo Ferrer refugiados en el Mercado Central
Elena, Samuel y Leo resistían en la parte superior del Mercado Central.

—Leo tiene fiebre —dijo.

—¿Le han mordido?

—No. Se cortó la pierna con un cristal hace dos días. La herida está infectada y necesito antibióticos.

Noté el alivio en mi respiración, aunque Leo no era nadie para mí. Todavía.

Le expliqué que desde el castillo había visto luces en distintos puntos de Alicante. También le hablé de los zombis que seguían en el puerto y de cómo los había atraído usando las bocinas del barco.

—Así que fuiste tú —respondió.

No supe si estaba enfadada.

—Necesitaba llegar hasta aquí.

—Nos ayudaste. Muchos salieron de la avenida Alfonso el Sabio y caminaron hacia el puerto. Pudimos entrar en el mercado gracias a eso.

Por primera vez desde que comenzó todo, una de mis decisiones había servido para salvar a alguien que no era yo.

Elena quería llegar a una farmacia, pero las más próximas habían sido saqueadas. Su otra posibilidad era el hospital, aunque el trayecto era demasiado largo y Leo apenas podía caminar.

Le dije que desde mi posición podía observar parte del recorrido. Quizás podría guiarles o crear otra distracción. Elena tardó en responder. La señal se debilitaba por momentos y algunas de sus palabras se perdían entre chasquidos.

—No podemos salir todavía —dijo—. Leo apenas puede apoyar la pierna.

—¿Cuánta comida os queda?

—Para dos días. Agua algo más.

Samuel habló al fondo, demasiado lejos del transmisor para que pudiera entenderle. Elena le respondió y después volvió a la radio.

—Hay otra cosa —dijo—. Las tiendas de varias calles están vacías.

—Es normal. La gente cogería todo al principio.

—No así. Han entrado después. Las puertas están forzadas de la misma manera y no dejan nada útil. Ni comida, ni herramientas, ni medicinas.

Miré hacia el centro con los prismáticos. Desde el castillo distinguía calles desiertas, toldos inmóviles y algunos coches abandonados, pero nada que explicara lo que contaba.

Marcos Vidal observa con prismáticos el lejano Mercado Central desde lo alto del castillo de Santa Bárbara
Desde la altura del castillo, el Mercado Central apenas destacaba entre las manzanas de Alicante.

—¿Habéis visto a alguien?

—Sombras. Una furgoneta, quizá. Samuel dice que anoche oyó un motor.

No era suficiente para saber si se trataba de otros supervivientes o simplemente de gente buscando lo mismo que nosotros. Aun así, la idea de que alguien pudiera moverse por Alicante con un vehículo me inquietó.

Un ruido seco interrumpió la conversación. La luz verde del transmisor parpadeó.

—Elena, ¿sigues ahí?

Solo respondió la estática.

Revisé los cables. La batería del camión se estaba agotando y la conexión improvisada empezaba a calentarse. Apagué el aparato antes de quemarlo por completo.

El resto del día lo pasé reforzando las puertas y pensando en una forma de conseguir más energía. Varias veces estuve a punto de encender de nuevo el transmisor, pero no quería gastar la poca carga que quedaba. Tampoco sabía quién más podía escuchar una frecuencia abierta.

Cuando cayó la noche, subí a la terraza más alta con los prismáticos. Alicante parecía un enorme animal herido. Había humo sobre algunos edificios y pequeños incendios que nadie apagaría. Las calles estaban oscuras, pero ya sabía que la oscuridad no significaba que estuvieran vacías.

Miré hacia el Mercado Central.

Durante mucho tiempo no vi nada. Entonces apareció una luz en una de las ventanas superiores.

Tres destellos.

Esperé unos segundos.

Otros tres.

Cogí mi linterna y respondí desde el castillo de la misma manera.

Tres destellos.

La luz del mercado desapareció.

No sabía si había sido Elena, Samuel o incluso Leo. Pero por primera vez desde que llegué al castillo ya no sentía que estuviera defendiendo únicamente mi vida.

En alguna parte de la ciudad había tres personas esperando ayuda.

Y, por primera vez desde que empezó todo, yo sabía sus nombres.

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